El delfín perdido

La historia que os voy a contar trata de unas niñas, que vivían en una casita muy cerca del mar. Eran unas niñas muy alegres que se preocupaban mucho por los demás. Les encantaba pasear por la playa para recoger conchas y hacer collares.

Una mañana, muy temprano (porque ellas se levantaban siempre muy pronto) vieron que se les acercaba una delfín muy simpática. Le pusieron de nombre Lucía y a partir de ese momento se hicieron muy amigas las cuatro. Todas los días, al poco de amanecer, iban a la orilla a verla, le lanzaban pescado y Lucía las divertía dando saltos y volteretas en el agua. Una mañana, Lucía no acudió a la cita diaria. Las niñas esperaron preocupadas, y esperaron y esperaron, pero Lucía no se presentó. Desanimadas volvieron a su casa, cuando su padre las vio se dio cuenta de que algo había ocurrido y les preguntó. Le explicaron todo a su padre quedándose éste pensativo. Su papá era alguien muy inteligente y estuvo varios minutos meditando y buscando una explicación. Finalmente, comprendió lo que había sucedido. Les dijo que en el último mes había visto como el vecino de la casa de al lado le habían traído en un camión muy grande materiales muy extraños: cristales muy grandes y muy gordos y muchos sacos de arena. Las niñas seguían sin comprender qué podía tener eso que ver con la desaparición de su amiga la delfín. El papá les dijo que además durante la última semana se oía ruido de agua en el jardín del vecino, como si estuviera llenando una piscina. Las tres niñas se dieron cuenta al unísono: ¡El vecino ha capturado a Lucía y la tiene en un acuario!

Las tres hermanas se dirigieron a la casa del vecino y le dijeron que se les había colado una pelota en su jardín, el vecino las acompañó a buscar la pelota. Cuando estaban llegando les dijo que tenía una sorpresa que les iba a encantar, ¡había montado un acuario decorativo en el jardín! Al llegar vieron a Lucía dentro de un acuario gigante que ocupaba gran parte del jardín. La delfín se alegró mucho de verlas y el vecino no comprendía nada.

Las niñas le explicaron que no estaba bien capturar un animal salvaje para tenerlo de decoración. El vecino, que era una persona comprensiva aunque algo impulsivo se dio cuenta de que tenían razón, así que les dijo que la liberaría pero que ahora él iba a estar triste por perder la alegría que le daba a su jardín.

La pequeña de las tres hermanas que era muy avispada tuvo una genial idea. Cuando liberaron al delfín lo grabaron con una cámara haciendo piruetas, buceando y divirtiéndose libremente en el mar. El vecino le hicieron comprarse una televisión gigante de chorrocientas pulgadas poniéndola en el jardín. De esta forma todo el mundo estaría contento: el delfín era libre, las niñas recuperaban a su amiga Lucía y el vecino podría tener un delfín en su jardín. Además esta solución ocupaba mucho menos espacio que el acuario, porque como todo el mundo sabe, las televisiones de ahora son planas, todo lo contrario que un acuario gigante.

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